EL ASCENSOR (historias de verano 2026)
Como todas las mañanas, durante sus vacaciones, madrugaba mucho porque le gustaba el amanecer. Salía a la calle, paseaba por la orilla del mar, compraba la prensa y tomaba el primer café del día en una cafetería que abría muy temprano y donde le conocían desde hacía tiempo.
Aquel año había alquilado el apartamento en una de las torres del paseo marítimo y desde ese piso catorce tenia una vistas extraordinarias a la bahía. Disfrutaba de la terraza con una panorámica maravillosa y sobre todo por la noche. Cuando las niñas se acostaban, Pilar y el, se sentaban en aquella terraza con una copa de vino. Hablaban de las cosas domésticas o simplemente cogidos de la mano guardaban silencio contemplando el cielo estrellado, la luna y el mar a sus pies. Definitivamente, la noche y el silencio, eran las mejores horas del día.
Aquella mañana, como siempre, compró la prensa porque le gustaba leerla en “papel”, como toda la vida, y en su portada volvían a recoger la noticia de la muerte a cuchilladas de una señora y añadían datos de las labores policiales para atrapar a aquel asesino, desconocido, que ya había matado a sangre fría, y sin mediar palabra, a cinco personas en lo que llevaban de mes. Mientras tomaba el café estuvo leyendo la noticia.
Volvió a su apartamento, seguro de que Pilar y las niñas ya estaban levantadas, cogió el ascensor y cuando se iba a cerrar subió otro vecino que le dijo que iba al octavo piso. Al ver en sus manos la prensa le preguntó si se sabia algo mas del asesino. Comentó lo que había leído aquella misma mañana. Y hablaron de la “ineptitud” policial que no habían dado todavía con una pista fiable para atraparlo. Sin duda era el tema del verano en todos los medios de comunicación.
De pronto al llegar al cuarto, el vecino, pulsó el botón de parada y sin mediar palabra le asestó cuatro certeras puñaladas que le causaron la muerte en el acto. Al parar en el octavo, el asesino, salió del ascensor y el elevador siguió su curso ascendente. Cuando llegó al piso catorce se abrieron las puertas y en medio de un charco de sangre estaba su cuerpo desmadejado y roto con el periódico todavía en sus manos en cuya portada aparecía la fotografía de un cuchillo de grandes dimensiones lleno de sangre que la policía había aportado como prueba del último asesinato.
Desde el interior del apartamento se escuchaban las risas de Pilar y las niñas


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